Japón

8 07 2012

En marzo de 2012 visité la zona de Sendai en Japón con motivo del primer aniversario del sismo y tsunami de Tohoku. Esta es al historía de lo que vi y aprendí

Fotos aquí.

El viajé comenzó temprano. Conforme a las direcciones que recibí por correo electrónico una semana antes, la cita era a las 8 de la mañana en la estación central de trenes de Tokio. El punto de reunión era en la puerta norte, allí nos encontraríamos 20 participantes de la “Visita técnica 2” que, con motivo del primer aniversario del sismo de Tohoku-oki, realizaríamos una inspección de 2 días a la zona de Sendai al norte de Honshu, la isla principal del archipiélago japonés para estudiar los daños que habían ocasionado el sismo y el tsunami de marzo del 2011 (la sismología de ese evento la explique aca).

Mi hotel se encontraba a 8 estaciones de tren de la estación central y admitiendo que mi japonés es menos que adecuado, salí temprano para darme suficiente tiempo pues casi seguro me iba a confundir o perder en algún momento del trayecto. El transporte público en Japón es famoso por su eficiencia pero también por su frenético paso que tolera poco los errores del usuario, sin embargo esperaba que un poco de suerte, la ayuda ocasional de un extraño y mi experiencia en el subsuelo de la Ciudad de México, sobre todo en el metro Hidalgo en hora pico, me llevarían a buen puerto.

Crucé el umbral del lobby y me aventuré hacia la calle a las 7 de la mañana, el frío mordía los nudillos, corría el mes de marzo y aunque mi mente había anticipado el estado termodinámico del país mi sangre latina no estaba preparada para temperaturas de 2 o 3 grados centígrados, menos aun con la primavera a la vuelta de la esquina. Sin embargo superado ese momento de aguda ofensa descubrí que el aire helado como amargo tónico me aclaraba la mente, aun confundida por el radical cambio de horario.

Llegué a la estación central con 30 minutos de sobra. Decido a no desperdiciar mi tiempo allí logré vencer la inevitable ansiedad que uno siente cuando se encuentra en un lugar nuevo y desconocido y explorar un poco. Esa ansiedad se acentúa en Japón, no tanto por las dimensiones de la metrópolis que habiendo uno conocido cualquier megalópolis resultan menos abrumadoras si no por la a veces insondable barrera del lenguaje. Las tareas más básicas se convierten en rompecabezas. Ordenar algo de comer, si el menú no tiene fotos, puede ser una tarea extenuante, no importa cuan cosmopolita piense uno que es su paladar. En fin, con unos minutos de sobra emergí de la estación de trenes y me permití vagar unas cuantas cuadras mientras esperaba que dieran las 8 de la mañana.

Era el final del invierno y los cerezos amenazaban ya con florear, con un té en mano, en mi primer acto de turismo, me senté en una banca no muy lejos de la estación a mirar a la gente pasar. Todos veloces, todos con decisión. En ese momento sentí el primer sismo de muchos que sentiría en mi corto viaje. Sentado en mi pequeña banca noté que el suelo comenzaba a crepitar, la sacudida fue breve y gentil pero no por ello sutil. “Está temblando” pensé con alarma. Mi mente invocó en un instante todos mis conocimientos de tectónica, estimaba la distancia entre Tokio y la zona de subducción donde posiblemente se originaba el sismo. Intentaba descifrar la polaridad de la primera sacudida y estimar si el movimiento crecería en intensidad, imitando uno de los cientos de sismogramas que había estudiado en el pasado, desencadenando pánico y destrucción o si sería tan solo un pequeño temblor, otra ínfima réplica del mega-sismo de 2011. Admito que este proceso mental, que ocurre cada vez que siento un sismo, es absolutamente inútil y no tiene función evolutiva alguna, mi cuerpo no es sismómetro y mis pueriles observaciones poco le pueden asistir a mi mente para analizar las vibraciones bajo mis pies. Es más bien la racionalización, como mecanismo de defensa, ante la posibilidad de que el caos este a segundos de distancia, es la esperanza de que seré capaz de anticipar la debacle, aunque sea por unos cuantos instantes y que ello de alguna forma me traerá resguardo. Mientras meditaba todo esto, cientos de hombres y mujeres japoneses que caminaban esa mañana por la calle ni se inmutaron, no equivocaron un paso, no desviaron una mirada, continuaron todos a su destino.

Ligeramente sacudido regresé a la estación y me encontré con los 20 participantes de la visita, un potpurrí de 19 ingenieros de Europa, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Chile y México y un sismólogo, yo. Nos guiaba el profesor de ingeniería estructural Koichi Kusunoki, o Kusunoki-san de acuerdo a la usanza japonesa, de la Universidad de Tokio. Nos explicó a todos el funcionamiento y etiqueta de uso del tren bala y como excursión de escuela primaria fuimos todos en orden, simultáneamente intentando conocernos y no perdernos, hacia la plataforma y al tren que a 250km/hr nos transportaría a la ciudad de Sendai.

Una vez en Sendai recibimos una copia del itinerario del primer día, visitaríamos los poblados de Ishinomaki, Onegawa y Ofunato. Ya en el camión mientras cruzábamos colinas tapizadas de pinos y árboles meditaba que en verdad no tenía la más remota idea de que esperar. Mi motivo para visitar Japón era el congreso que se realizaría dos días después donde habría cientos de platicas sobre sismología e ingeniería sísmica. La visita técnica era sencillamente un bono, una excusa para justificar gastos y pasar mas tiempo en el país. Era para mi algo como turismo sismológico.

El objetivo del primer día era visitar la zona más afectada por el tsunami que azoró la costa norte de Honshu 30 minutos después del inicio del sismo. Pero a un año del evento ¿qué tanto podríamos ver? Como una cachetada, la dimensión de mi ignorancia se hizo evidente tan solo 5 minutos después de que mi primitiva mente formó ese pensamiento. Abandonamos las colinas que separan a la planicie aluvial de Sendai de la costa y comenzamos el breve descenso a la ciudad de Ishinomaki. Conforme crece la mancha urbana la carretera cede el paso a una avenida que parte la ciudad en dos. Es una ciudad industrial posada frente a la costa; al oeste de la avenida sobre la cual transitábamos se veían multitudes de fabricas con chimeneas fumando sin parar y un mar de bodegas; el eterno color gris metálico, moteado del ocre del oxido que caracteriza a todos los parajes industriales, domina el horizonte y las colinas que recién habíamos dejado atrás colorean el papel tapiz. Al otro lado de la avenida, hacia el este, nada, cien metros de tierra café, recientemente apisonada y luego el interminable Pacífico, frío y de un azul grisáceo como limpio acero. Kusunoki-san tomó el micrófono del camión, su voz que en la estación de trenes era alegre dio paso a un tono grave y en impecable inglés nos explicó que esos cien metros de tierra, hacia menos de un año, palpitaban con vida, albergaban, muelles, oficinas y bodegas. Tan pronto como esas palabras abandonaron a Kusunoki-san y en un momento de dramatismo imposible de planear, los cien metros de tierra café se volvieron una marejada de cascajo. Aquí una pila de 20 metros de altura de automóviles mayugados y enlodados, como juguetes descuidados por un enorme niñó con disfunciones motrices, allá una pila de 30 metros de altura de madera, atrás otra pila de 20 metros de altura de refrigeradores, junto, un tanque de gasolina de 25 metros de diámetro yacía sobre su costado, abollado y vacío y sin razón de ser. Y hasta el horizonte cientos de retro-excavadoras haciendo montañas sobre montañas de desechos de lo que antes era un centro industrial de uno de los países más industrializados del planeta.

Esto sería solo el principio de un viaje que cubriría unos 200 km de costa. La costa de esta parte del Japón es de esos paisajes del planeta que más me atraen, bello pero a la vez amenazador. La topografía es accidentada, montañas cubiertas de nieve terminan abruptamente en acantilados y escarpes que a regañadientes ceden paso al mar gris que no es necesario tocar para entender que en invierno es frío y hostil. En los estrechos valles que unen una montaña con otra, donde la tierra es fértil cuando la temperatura es cálida, los japoneses han construido pueblos y ciudades que van desde lo industrial, como Ishinomaki hasta lo rural, como el pueblo pesquero de Ofunato que visitaríamos después. Si algo recuerdo de este viaje es lo esquizofrénico, lo bipolar del paisaje. Bellísimas montanas cubiertas de nieve y árboles, de vida verde y entre ellas toneladas y toneladas de cascajo y deshechos humanos. Ahora un bello pico alpino con vista al mar y después un ejercito de doscientas Caterpillar que como autómatas de novela post-apocalíptica apilan metal sobre madera sobre piedras sin rumbo y sin objetivo fijo.

Quizás porque Japón es un país adinerado fue que pensé que no habría mucho que ver, que en un año la recuperación habría comenzado. Pero la escala de la destrucción es inimaginable. Son cientos de kilómetros de detritos. Cada colina separa un pequeño valle de destrucción e inmundicia del siguiente, y otro y luego otro. Todas las superficies planas de la costa están cubiertas de los tristes restos de lo que antes era existencia humana.

Así llegamos a Ofunato donde murieron 2000 personas arrolladas por un muro de agua helada que antes pertenecía al océano y que temporalmente decidió visitar la tierra. Aquí bajamos por primera vez del camión, el viento helado me agredió de nuevo esta vez varios grados bajo cero. El centro del pueblo, otrora de 20,000 habitantes ha sido reducido a tan solo cinco edificios, dos aun en pie y los otros tres yacen sobre su costado, el tsunami los derribó sin chistar. Las demás estructuras, o sus restos, han sido apiladas por el ejercito mecánico de limpieza en montañas de cascajo en los alrededores del pueblo.

El hospital, situado sobre una colina a 25 metros sobre el nivel del mar es una de las estructuras que se mantiene incólume. El 3 de marzo del 2011, muchos de los pobladores se resguardaron sobre este promontorio pensando que el tsunami jamás llegaría hasta allá. Ese día el océano, ignorando las nociones humanas sobre lo que el planeta puede o no puede hacer, se alzó dos metros por encima de la planta baja del hospital. Aun sobre este pequeño bastión, construido allí, precisamente con esta eventualidad en mente, falleció una decena de personas. Desde esa colina puede uno apreciar el pequeño valle de unos dos kilómetros de largo por uno de ancho bordeado por montañas. Una cuadricula de calles tapiza el fondo del valle terminando en el mar, pero entre calle y calle no hay nada, solo rocas y mas tierra apisonada. Bajamos del hospital a caminar por el valle para inspeccionar los edificios que yacían, tranquilos, sobre sus costados.

Kusunoki-san y la vista desde el hospital de Ofunato y centro de Ofunato (mas fotos aqui)

Un pequeño y modesto altar shinto que alguién improvisó tiempo después con bloques de hormigón se encuentra a unos metros de uno de estos edificios, un tributo a la gente que murió allí esa mañana y mientras caminábamos hacia la estructura Kusunoki-san se separó discretamente del grupo, nadie mas lo vio y sin adivinar que yo lo espiaba con curiosidad se plantó solemnemente frente al discreto altar, unió las manos, agachó la cabeza, cerró los ojos y sus labios formaron algunas palabras. Después levantó la vista y se unió a nosotros de nuevo, frente a un edificio de departamentos de 4 pisos que fue arrastrado 20 metros desde sus cimientos, cizallando los pilotes de ocho metros de concreto reforzado como palillos y depositado sobre su lado.

Antes de hacer el peritaje y discutir sobre la forma precisa en la que habían fallado los pilotes de esta estructura en particular, Kusunoki-san nos recordó que mucha gente había muerto en Ofunato, quizás sobre el mismo lugar donde estábamos parados y si bien estábamos ahí para aprender lecciones de ciencia e ingeniería, deberíamos de tener siempre presente el dolor y la perdida que había significado ese sismo para su gente y su país.

Ese tono sombrío no fue del todo apreciado por mis compañeros. Observé, francamente ofendido y con una nada deleznable cantidad de repulsión, como frecuentemente tomaban fotos de si mismos utilizando la destrucción como trasfondo. De igual forma que uno toma fotos con el color turquesa del Caribe al fondo y las sube a internet para increpar a los conocidos a sentir envidia, mis compañeros de la visita tomaban fotos en pequeños grupos, abrazados junto a un edificio de concreto reforzado enteramente destruido. Entiendo el impulso, desde el punto de vista científico e ingenieril el sismo es muy interesante y supongo que uno siente la misma necesidad de compartirle a sus colegas de profesión la foto que evidencia la propia superioridad intelectual al ser testigo presencial de ese caos único. Sin embargo no puedo evitar sentir que esto es una falta de respeto y una transgresión que trivializa y despersonaliza la tragedia que ocurrió bajo los pies que posaron para esas fotos.

Con el paso del tiempo he encontrado algunas débiles justificaciones para estos actos. Muchos de los que fueron mis compañeros de visita son veteranos. Ingenieros estructurales forenses y especialistas del análisis post-mortem de estructuras y han visitado diversas zonas de catástrofe sísmica, Chile, Irán, Peru, China, Haiti, Nueva Zelanda, Estados Unidos y ahora Japón. Imagino que al igual que los corresponsales de guerra han construido callosidades para tolerar el hedor del dolor y la destrucción que permean a estos territorios comanches. Imagino que para muchos de ellos que viven de este tipo de visitas enfocar la situación desde esta óptica un tanto distorsionada es condición sine qua non para mantener la cordura.

Bajo esta tónica visitamos varias estructuras, entre todas ellas una alfombra ininterrumpida de detritos, de clavos oxidados, madera en avanzada podredumbre, placas filosas de metal y vidrio. Fue entonces cuando mire ese cascajo de cerca por primera vez y con horror y tristeza me di cuenta que no solo eran pedazos de madera y roca, encontré una tetera, un patín, varios zapatos, almohadas, cobijas, herramientas, tazas y platos, discos compactos, pedazos de una televisión y componentes varios de lo que usualmente atesoramos como parte de nuestra existencia material. Ese cascajo no era materia impersonal, más bien era pedazos de vidas, es un cementerio carente de inquilinos.

Cada estructura que visitamos durante esos dos días era una pequeño cuento de horror, un híbrido entre Poe y Lovecraft. Sin reparar en la simple absurdidad del autobús cómodamente estacionado sobre el techo de un edificio de dos pisos, recuerdo dos particularmente macabros. Una escuela de pasillos larguísimos con lecciones aun escritas en los pizarrones; caminando por las aulas y en penumbras tropecé con un álbum parcialmente cubierto de barro seco, el moretón del tsunami. En su interior entre las hojas crujientes estaban las fotos roídas, con esas marcas cafés, características de las fotos mojadas, de rostros sonrientes de niños de no mas de 8 años de edad en algún tipo de festividad escolar. El otro fue un edificio de 20 pisos y 250 departamentos que falló por licuefacción del suelo y se encontraba inclinado unos cuantos grados, posado sobre el edificio vecino. El sutil ángulo del edificio es suficiente para hacerle a uno sentir, al deambular por su interior, una nausea sutil pero inconfundible que no lo abandona hasta que se abandona al edificio. Uno puede caminar por los pasillos del edificio y vagabundear al interior de los departamentos, las puertas no cierran ya pues los marcos están todos deformes y carentes de ángulos rectos. Casi todos los apartamentos se encuentran aun repletos de cosas. Conservas en los anaqueles de la cocina, colecciones de discos en el suelo y ropa en los armarios. Entre copos de nieve el capataz a cargo de las tareas de demolición me explicó que aunque se le dio la oportunidad a los inquilinos de regresar por sus cosas, antes de comenzar la demolición, la gran mayoría, opto por dejar todo atrás y jamás entrar al edificio de nuevo. ¿Cuántas personas seriamos capaces de abandonar todas nuestras posesiones, toda nuestra vida material?

Al interior de la escuela primaria de Ofunato y un camión sobre el edificio de la alcaldía de Onegawa (más fotos aquí).

Superada la sorpresa, visitamos más poblados, mas estructuras o esqueletos de estructuras y debatimos importantes preguntas de ingeniería. ¿Cómo elaborar un código de construcción para tsunamis? Los códigos de construcción que preparan a la infraestructura para sobrevivir la sacudida de un sismo existen, son la mejor defensa y son efectivos, pero ¿como construir una casa, a precio razonable, que sobreviva el azote de 10 o 20 o 30m de agua cargada de detritos? Otra, ¿qué hacer con los millones de toneladas de cascajo? Aun otra ¿es viable reconstruir los pueblos? La gente que sobrevivió la tragedia de ese día, si es afortunada, vive con algún familiar en otra parte del país, pero la mayoría se encuentra aun en albergues temporales. Son pequeños cubículos pre-fabricados unos cuantos kilómetros tierra adentro, viven como en una colmena de abejas, hacinados. Muchos de ellos vivían de la pesca y actividades relacionadas al mar. Si no se reconstruyen esos poblados ¿qué van a hacer? Además, Japón es un país densamente poblado con poco espació libre, no es una tarea sencilla reubicar a decenas de miles de desplazados en un lugar donde aun puedan contribuir a la vida económica del país.

Sin duda Japón es uno de los pocos países capaces de encontrar soluciones a problemas de esta dimensión. Yo aun, con mi limitada imaginación, no encuentro respuestas fáciles.

Ese viaje es un punto de inflexión filosófico en mi vida como científico, no tanto por la novedad de los pensamientos que me invadieron si no por su palpable realidad. Primero porque el sismo y tsunami de 2011 en Japón es una lección de humildad. El planeta estornuda y mueren miles de personas y desaparecen poblados enteros, no somos amos y seóres del planeta. También aprendí que mi disciplina, la sismología, tiene un fin social tangible, que con la contribución agregada de todos los que la estudiamos es posible aminorar el impacto de tragedias como esta, pero que aun queda un larguísimo camino por andar. Es casi inevitable contemplar la escala de lo que aun desconocemos sin sentir nausea sartreana, pero a la vez es alentador saber que hay metas definidas. Si bien no viviré para ver la predicción sísmica hecha realidad sí veré progreso mesurable en mi vida. No pretendo caer en el pragmatismo utilitario absoluto. No todas las ramas de la sismología tienen un impacto inmediato sobre la prevención y respuesta y no sugiero que solo la sismología aplicada es valiosa. Esto es ridículo. La ciencia avanza en todos los frentes, desde lo puramente abstracto y teórico hasta lo netamente ingenieril y es imposible predecir que será “útil” mañana. La ciencia es fractal y hay conexiones inesperadas a escalas múltiples entre sectores que los individuos a veces en nuestra miopía consideramos inconexos. Son necesarias las contribuciones integradas de todos.

Pero las lecciones que aprendí son humanas también, en una tienda al costado de la autopista vendían, junto a las postales, una álbum de fotografías aéreas tomadas antes y después del sismo. Como anuncios de cosméticos en reversa el antes es más lindo que el después; antes, paisajes con vida humana rodeados de vibrante vegetación después parajes grises o cafés con nada más que fragmentos de materia. Porque los japoneses han hecho, a lo largo de los siglos un esfuerzo concertado por recordar y mantener la memoria de sus grandes tragedias; porque solo así las nuevas generaciones serán capaces de construir sobre la sabiduría de aquellos que vivieron antes.

Este es un punto importante, hay mucha opacidad y controversia en varios aspectos de la respuesta del gobierno japonés ante la tragedia, especialmente en cuanto al manejo de la crisis nuclear en Fukushima. Ciertamente cometieron errores gravísimos antes, durante y después del sismo, sin embargo percibí un gran esfuerzo por parte de la sociedad civil por preservar la historia del evento, por recordar no solo las historias de éxito si no también los fracasos.

En otro momento del viaje, algunos días después de terminado el congreso, visité la zona del sismo de Kobe de 1995 con epicentro en la isla de Awaji, otro sismo que produjo gran destrucción y que es aun un recuerdo reciente en la memoria colectiva de los japoneses. La falla que produjo este sismo rompió hasta la superficie, y los japoneses construyeron un museo alrededor de un segmento de ella. Inclusive hicieron una trinchera, un corte transversal, a lo largo de la falla de unos tres o cuatro metros de profundidad donde uno puede bajar a mirar y tocar el desplazamiento relativo de los dos bloques de tierra. El museo ostenta además una pequeña mesa de vibraciones donde uno puede sentarse en una sala comedor y sentir una simulación, harto aterradora, del sismo.

Este esfuerzo concertado por no perder de vista el pasado es notable y siento un enorme respeto por la sociedad japonesa, prefieren mirar los horrores del pasado de frente y con reverencia que sepultar su dolor y olvidarlos por siempre. Es una actitud difícil de replicar y contra natura pues es comprensible el deseo de olvidar los eventos traumáticos. Sin embargo es precisamente esta actitud la que los ha impulsado a ser lideres en tecnología sismológica. Ostentan las mejores prácticas de construcción, las mejores redes de observación sísmica, los mejores sistemas de alerta temprana y la mejor educación preventiva. Estos triunfos obtenidos antes del sismo hacen de el una amarga derrota porque muestra lo diminuto de nuestro conocimiento, pero creo que Japón aprenderá y será mejor y crecerá y nos compete a todos los demás, que observamos en lontananza, aprender con ellos.


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6 responses

9 07 2012
Helena

Diego: Jorge me reenvió tu escrito. Por supuesto que le contestaré también a él, pero no quería dejar pasar la ocasión para decirte que me encantó: me gusta tu rigor y sensibilidad a la vez. Comparto tus reflexiones e inquietudes. Qué bueno que te interesa tratar de hacer confluir la técnica y el lado humano de la misma. Que los grandes avances de la humanidad también se pongan al servicio de la misma. Te mando abrazos y felicitaciones: Helena.
p.d. por si no te acuerdas de mí, te ubico: tu papá y yo hicimos la tesis de licenciatura juntos en la Ibero.

9 07 2012
Diego Melgar

Helena, Helena, Helena… me suena familair tu nombre😉 Que bueno que te gusto! Un saludo.

9 07 2012
Fer Noriega

Está increíble tu escrito!! Jaja no puedo negar que soy muy cursi, fresa, niñita, etc (todo lo q me dicen en la fac para burlarse jaja ya te imaginarás) y que lloré en unas partes! Estoy a dos de regresar a sismo sólo x esto que acabo de leer… Bueno xs jaja el caso es: felicidades! Me encantó, me encantó, me encantó!😀

9 07 2012
Diego Melgar

Fer! Hahaha, que bueno que te gusto. Siempre da gusto saber que las palabras de uno alcanzan a tocar a alguien. Un saludo!

10 07 2012
MOMI

¡Bello! escrito tiene un algo que no se puede definir que le llega al lector. Comparto opinión Helena. La ciencia no puede dejar a un lado a sus científicos… aspecto humano, sensible, que se emociona y sufre, que va más allá de sus datos frios, duros. Mando mis felicitaciones al autor. MOMIA.

10 07 2012
Diego Melgar

🙂

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